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HACIA CHILOÉ

Desde Santiago de Chile hasta Puerto Montt, en cuyas proximidades está en embarcadero para la isla de Chiloé, hay unos mil kilómetros y se recorren sucesivamente las regiones de O’Higgins, Maule, Bio-Bio, Araucanía, Los Ríos y Los lagos. Los mapuches residen sobre todo en la de La Araucanía, cerca de su capital Temuco, aislados en resguardos. Estas son concesiones que el Gobierno les ha otorgado para vivir y que nada tienen que ver con el territorio que históricamente les pertenece y les fue usurpado. En las regiones situadas más al sur habitan huilliches, que comparten con los mapuches muchos elementos lingüísticos y culturales pero constituyen un grupo étnico independiente no reconocido por el Estado chileno.

Bajando de Santiago por la carretera panamericana chilena o ruta 5 por el estrecho pasillo que queda entre los Andes y el Pacífico, el paisaje es bastante anodino hasta llegar a la región de  Bio-Bio, donde comienza a verdear. No son los bosques de cohiues, ñires y lengas, aquellas hayas australes que hoy han sido sustituidos en esta región por eucaliptos para hacer pasta de papel. Son desertizadores y se procesan mediante industrias muy contaminantes pero, además, generan violencia social relacionada con la riqueza que producen: una empresa japonesa posee la concesión y subcontrata a otras empresas que cortan y transportan los árboles. En los últimos meses se han producido varios sabotajes, grupos no identificados obligan a bajar a los maquinistas y prenden fuego a las máquinas, luego dejan propaganda escrita en algo parecido al mapuche. Tan poco parecido que casi nadie cree que este pueblo tenga que ver con tales asaltos. De hecho nadie los reivindica. Existe una teoría sobre la injerencia de otras naciones (es sabido que chilenos y argentinos no suelen profesarse mucha amistad), pero la versión más aceptada es la de que estas fechorías proceden de arriba, del nuevo Gobierno que ganó las elecciones en diciembre pasado. Sería acaso un modo de combatir la resistencia mapuche o, mejor dicho, su insistencia en recuperar lo que les pertenece.


Foto: río Laja.


A medio camino entre Santiago y Puerto Montt discurre el río Laja, afluente del Biobio, que forma unas caídas espectaculares cerca de la ruta cinco y crea un espacio muy agradable para el descanso por lo que ahí hicimos la primera parada tras sufrir por cinco horas “toda la lluvia del sur”. La siguiente fue ya en Puerto Montt, pueblo que evoca la matanza que el gobierno de Eduardo Frei llevó a cabo contra un grupo de campesinos que habían ocupado unas tierras no explotadas para vivir en 1969 y que recoge en su canción Víctor Jara. A sesenta kilómetros de esta ciudad está Pargua, de donde sale un transbordador que conecta con Chacao, en la isla de Chiloé, en poco más de media hora.


Foto: cisnes de cuello negro en el Canal de Chacao, entre Puerto Montt y la isla grande de Chiloé.


La descolonización española concluyó en esta región de Latinoamérica y se hizo mediante el acuerdo de Tantauco por el que, aparte las capitulaciones correspondientes, se hacía constar que las tierras de Chiloé quedaban como propiedad de los chilotes. El primer Gobierno criollo de la nueva República hizo caso omiso de ese convenio y confiscó todo el territorio para venderlo por grandes lotes a inversores extranjeros, muchos de ellos alemanes. Los indios fueron reducidos a indiadas separadas por dichos predios. La explotación de los recursos naturales de la provincia de Llanquihue por parte de los nuevos “propietarios” produjo una rápida expansión de su capital, Puerto Montt. En las últimas décadas ha sufrido un nuevo crecimiento debido al inicio del cultivo de salmones. Algo parecido ocurrió en Chiloé, incluso en fechas recientes. El actual jefe de Gobierno Sebastián Piñera compró a bajo precio una inmensa cantidad de terreno en la isla (por cierto lo hizo a través de una empresa offshore de Panamá para no pagar impuestos en su país) y levantó un Parque al que, por más inri, puso por nombre “Parque Tantauco”. Los indios, callados y temerosos durante siglos por la conciencia de su indefensión, han empezado a cobrar protagonismo en las últimas décadas gracias a una mejor formación teórica. La actitud antimapuche tanto de Argentina como de Chile poco ha variado, hoy en día siguen los secuestros y asesinatos, burdamente justificados por argumentos que, como ya se ha demostrado, inventan los técnicos en inteligencia de ambos países. Los huilliches, mal llamados mapuches del sur, fueron los pueblos “originarios” –ellos habían desplazado a su vez a los primeros pobladores chonos, canoeros del sur- que más resistencia opusieron a la invasión castellana.


Foto: mural reivindicativo huilliche contra la enajenación de su patrimonio en Chiloé.


En Chiloé no se oye hablar la lengua. Algunos visitantes chilenos aseguran que no existen personas en la isla con atribución huilliche y que las etnias locales fueron masacradas por los castellanos hasta el exterminio. La desinformación y/o manipulación es análoga a la que existe en Argentina donde, con ayuda de los medios pro-gubernamentales, se muestra a los mapuches como gente temible, feroz y despiadada, para justificar públicamente su expolio. En realidad casi diez mil huilliches residen en las comunidades de la isla grande de Chiloé y las pequeñas islas que la rodean.


Foto: pingüinos de Humboldt en Puñihuil.


Foto: esqueleto de ballena azul varada en Pumillahue, en el museo de Ancud.


Ancud es la población más al norte de Chiloé. Su territorio marino es camino de paso en el verano austral para las ballenas azules, que acuden a las aguas chilotas para alimentarse. Su presencia propició el desarrollo de una industria ballenera importante hasta hace ochenta años. Aún hoy día se pueden avistar desde la costa pese a la persecución que siguen sufriendo en el planeta, en la bahía de Pumillahue se aproximan hasta casi tocar la playa, en dicho lugar en el año 2005 quedó varado por este motivo un macho de 24 metros cuyo esqueleto se muestra en el museo local. Cerca se encuentran las pingüineras de Puñihuil, islotes habitados por colonias de pingüinos de Humboldt y de Magallanes, lobos marinos, nutrias y otras aves marinas como los vistosos cormoranes lile, los patos quetru no voladores y las carancas, gansos blancos también conocidos como cauquenes marinos. En las praderas próximas al litoral abunda la bandurria y el tero.


Foto: colonia de ascidias pyura chilensis, bajo la cubierta dura se alojan numerosos individuos que suelen consumirse en ceviche.


El océano provee en esta isla una ingente cantidad de recursos alimenticios, entre los que destacan los mariscos y las algas. En los mercados chilotes pueden comprarse a 500 pesos el kilo (65 céntimos de euro) enormes almejas o distintas especies de mejillones como choros y cholgas. Lo mismo cuesta una jaiba o centollo mediano y, por poco más, se encuentran ostras, huepos (navajas de gran tamaño) y navajuelas. Algunas especies resultan exóticas para los ojos y paladares extranjeros, como los picorocos o el piure, una ascidia colonial de carne roja y firme con intenso sabor a yodo.


Foto: pescadores secando al sol la cosecha de luga. 


Tal vez las algas más consumidas son los cochayuyos (Durvillaea antárctica), palabra quechua que significa hierba del agua, de la familia de los fucus. Tienen una longitud de diez o más metros. En las pescaderías comparte espacio principalmente con el luche (Porphyra columbina). Cerca de la carretera los pescadores secan al sol la luga (Gigartina scottsbergii) para venderla a las fábricas de cosméticos.


Foto: iglesia de Quemchi.


Foto: acceso desde la costa a la isla de Aucar. Al fondo la ciudad de Quemchi.


Foto: iglesia y cementerio en la isla de Aucar.


Foto: palafitos en Castro.


La venta del territorio expoliado a los indios durante el siglo XIX promovió la creación de asentamientos alemanes y de otros países en la isla, que se revelan a través de la peculiar arquitectura en iglesias y edificios civiles. Quemchi es una de esas urbanizaciones, convertida ya en una sociedad multicultural, que está unida por un rústico puente de madera a la isla Aucar. Rodeada de ruidosas gaviotas dominicanas y elegantes cisnes de cuello negro, alberga un pequeño cementerio en su parte central y una iglesia de madera. Son los marineros muertos que esperan para zarpar según la poética denominación del lugar como “isla de las almas navegantes”.  La capital de Chiloé es Castro, que combina ese atributo –bancos modernos, hipermercados, malls- con antiguos palafitos de madera cada vez más escasos.


Foto: calle de Cucao.


Foto: Muelle de las Almas, cerca de Cucao.


Foto: Parque Nacional Chiloé en Cucao, zona marítima.


Foto: grandes hojas de nalca (Gunnera tinctoria), en la zona terrestre del Parque Nacional Chiloé. Alcanzan fácilmente un metro de diámetro y sus pecíolos son comestibles, se cocinan como el ruibarbo.


Uno de los puntos más interesantes de la isla es Cucao, en la costa oeste. Con menos de quinientos habitantes está ubicada en un entorno rural entre el Pacífico y el lago de su mismo nombre. Sus alrededores son de una belleza espectacular. Hacia el sur se gozan paisajes increíbles como el Muelle de las Almas, frente a una lobería. En dirección contraria se accede a la entrada sur del Parque Nacional de Chiloé, que tiene parte terrestre y marina. Cerca de la playa hay dunas y se ven manadas de caballos salvajes. Hacia el interior la selva comienza con tepuales o bosquetes de tepú -arbusto de flores rojas cuyas ramas se entrelazan creando hábitats complejos- y arrayanes. Es la zona que se puede visitar, habitada por la rana de Darwin, loros, colibríes y chucaos. Más adentro se refugian animales extraños, como el marsupial monito de monte o el pudu, pequeño ciervo de no más de dos palmos de altura.


Foto: panorámica de Valdivia desde el río. A la izquierda el mercado de pescado, en el centro la torre de la catedral, más a la derecha la casa Schuster (sede actual del Centro de Estudios Científicos) y el péndulo de Foucault (última construcción a la derecha).


Foto: mercado o feria de pescado. Los leones o lobos marinos sortean la valla y acceden a los puestos a la espera de recibir los descartes. Los peces que se ven son sierras.


La ciudad de Valdivia fue fundada en el siglo XVI pero sufrió un desarrollo importante en el XIX a expensas de la neocolonización alemana de Chile, por eso muchos de sus edificios muestran una arquitectura propia de dicho país. Tiene varias fortificaciones en la costa en estado deplorable y un espectacular mercado de pescado junto al río de su nombre en el que los lobos marinos se acercan a comer los despojos que les lanzan los comerciantes. Es una población reconstruida a partir del terremoto de 1960 que, en apenas ocho minutos, destrozó la ciudad. Su intensidad fue de 9.5 grados, el más potente registrado en la historia de la Humanidad. 


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